lunes 5 de octubre de 2009
miércoles 26 de agosto de 2009
Recuento editado
Pocas veces, en contraparte, me he sentido tan cercano a la familia. No es cosa de todos los días que nazca un sobrino tan... mío. Eso me hace sonreír y seguro tiene a mi madre soprendida por las llamadas diarias que recibe. Laboralmente ok, no me puedo quejar.
Sigo contigo.
martes 17 de febrero de 2009
Tesoro escondido en el corazón de la ciudad
No sabía que esa mañana de domingo mi olfato estaría más despierto que de costumbre. El aroma inconfundible de los expendios de frutas, verduras y comida de la merced, así como la presencia de uno que otro comerciante fuera de lugar (por aquello de estorbar el paso) me alertaban en conjunto sobre la proximidad de mi destino. Y no estaba equivocado. Bastó preguntar una sola vez para encontrarme, después de cinco minutos, en el centro de un mercado salpicado de rojo, repleto de corazones brillantes y cucharadas de tamarindo: El mercado de dulces del centro histórico de la ciudad de México, ante mí, retándome a caminar sin tropiezos.
En cuestión de segundos me encontraba en medio de una multitud frenética por comprar. El panorama visual, formado en su mayoría por puestos de golosinas entrelazadas con gomas de mascar multicolores, parecía sacado de la fantasía de cualquier niño. Más a la izquierda se encontraban expendios de bombones apretujados a la consistencia de frituras apiladas con practicidad por el comerciante vecino; a la derecha, las barras de caramelo parecían capaces de exaltar el ánimo de niños que, sorprendidos por sus madres en el hurto ocasional de golosinas, aún boquiabiertos, estaban seguros de encontrarse en las puertas del paraíso.
Ante tal panorama, una pregunta se me vino a la mente: ¿Qué niño dejaría pasar la oportunidad de asistir a un lugar donde las madres y las tías, si quieren mantener a salvo su compra, evaden la amabilidad de menores ansiosos por cargar bolsas repletas de golosinas?
Interrumpo mis pensamientos entre palanquetas, higos, tarugos agridulces, y manzanas caramelizadas para descubrir que no puedo sustraerme al encanto mágico que brota del ambiente. Me pregunto si no soy sólo un niño más intentando frenar mis impulsos. Encuentro la respuesta en aquellos que, por más que tratan de disimilar su inquietud a través de rostros adultos, dejan escapar sonrisas infantiles que brotan del alma ante la próxima concreción de un sueño.
Y es que es imposible pasar por alto la alegría que brinda encontrar un tesoro escondido en el corazón de la ciudad más grande y contrastante del mundo, formado por dulces a granel, chocolates finos, pulpas, artesanía mexicana dulcificada, piñatas, aguinaldos infantiles y globos.
Avanzo. La prisa de señoras con niños boquiabiertos en brazos comienza a escasear, lo cual confirma que se acerca el final de mi visita. A lo lejos, incluso cuando me dispongo a abordar el transporte de regreso, descubro tras de mí a niños inquietos que sonríen (mal camuflados tras el mirar de rostros arrugados) porque saben muy bien que se acercan a su destino. Por un instante me observan, se saben descubiertos y corrigen la postura, e intentan explicar para sí, en términos adultos, que se encuentran en un mercado distinto. Que sólo es eso.
No engañan a nadie. Al voltear el rostro, vuelven las sonrisas.
martes 27 de enero de 2009
¿Cómo...?
"Pídeme un deseo", parece decir esta fuentecilla
Luna
domingo 11 de enero de 2009
No precisamente...
Ya se me quitaron las ganas.